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domingo, 31 de mayo de 2015

Neith ¿Un satélite ficticio?


                                             

Neith es el nombre que recibió un hipotético satélite natural del planeta Venus cuya existencia fue discutida durante los siglos XVII,XVIII y XIX.

Ya en 1645, el astrónomo italiano Francesco Fontana afirmó haber descubierto un satélite alrededor de Venus, si bien su anuncio no tuvo ningún eco o repercusión. Sin embargo en 1672, el astrónomo Giovanni Cassini creyó localizar también un satélite de Venus. Al no estar seguro de su observación dejó pasar el acontecimiento, pero en 1686, tras volver a observarlo, hizo público su descubrimiento, estimando que el cuerpo tenía aproximadamente 1/4 del tamaño de Venus.

En 1740 el astrónomo inglés James Short observó de nuevo el satélite, seguido en 1759 por Andreas Mayer y en 1761 por Joseph Louis Lagrange, quien tras observar de nuevo el satélite, estimó que éste tenía un plano orbital perpendicular al plano orbital terrestre. Durante ese mismo año el objeto se haría visible alrededor de 18 veces a otros 5 observadores.

Especialmente interesantes fueron las observaciones de Scheuten el 6 de junio de 1761: vio a Venus en tránsito sobre el disco solar, siendo acompañado por un punto oscuro más pequeño a un lado, siguiendo su tránsito. No obstante otro astrónomo contemporaneo del fenómeno, Samuel Dunn, en Chelsea, Inglaterra, que también observó el tránsito, afirmó no haber visto el citado punto acompañando al planeta. A lo largo de 1764 otros dos observadores documentaron ocho observaciones del satélite Neith.

Ya en 1766 se producen las primeras voces críticas ante tan huidizo satélite: el director del observatorio de Viena publicó un tratado en el que declaraba que todas esas informaciones se tenían que deber sin duda a ilusiones ópticas provocadas por la luminosidad de Venus.

En el año 1768 el astrónomo danés Christian Horrebow de nuevo observa el satelite venusiano y en el 1777, Johann Heinrich Lambert publicó sus conclusiones y cálculos sobre los diferentes elementos orbitales del satélite en el Berliner Astronomischer Jarhbuchel, anuario astronómico de Berlín, calculando la distancia media estimada del satélite a Venus (66'5), su periodo orbital (11 días y 3 horas) y la inclinación de su órbita en relación a la elíptica (64º).

En 1768 Christian Horrebow observó de nuevo el satélite, en Copenhague, tras lo que se produjeron varias búsquedas del mismo, incluyendo una realizada por William Herschel. Todos fallaron en el intento de encontrar el satélite. Mucho más tarde, el alemán F. Schorr intentó revisar el caso en relación al satélite en un libro publicado en 1875.

En 1884, el ex director del Real Observatorio de Bruselas, M. Hozeau, sugiere que el satélite se muestra cercano a Venus cada 1.080 días no porque esté orbitando alrededor de Venus, sino por que es en realidad un planeta independiente que orbita alrededor del Sol una vez cada 283 días lo que lo colocaba en conjunción con Venus cada 1.080 días. Hozeau lo bautiza con el nombre de la diosa egipcia Neith.

La Academia Belga de Ciencias publica en 1887 un estudio en el que se refuta la existencia de Neith y del satélite de Venus, demostrando que todos los registros realizados hasta la fecha eran de estrellas cercanas ópticamente a Venus.

La última observación de la teórica luna se produjo el 13 de agosto de 1892, cuando Edward Emerson Barnard registró un objeto de magnitud 7 cerca de Venus. No existe una estrella en la posición registrada por Barnard. Todavía no se sabe qué es lo que vio, pero la tesis de Neith dejó de tener credibilidad científica.

Satélite Europa



Europa es un satélite del planeta Júpiter, el menor de los cuatro satélites galileanos. Fue llamado así por Europa, una de las numerosas conquistas amorosas de Zeus en la mitología griega (equivalente a Júpiter en la mitología romana). Simon Mariussugirió el nombre de "Europa" tras su descubrimiento, pero este nombre, así como el nombre de las otras lunas galileanas, no fue de uso común hasta mediados del siglo XX. En gran parte de la literatura astronómica temprana aparece mencionado por su designación numeral romana, "Júpiter II" o como el "segundo satélite de Júpiter".

Se han encontrado pruebas de tectónica de placas en este satélite, por lo que puede ser el segundo cuerpo del Sistema Solarque presenta este tipo de actividad geológica aparte de la Tierra.3

¿Vida en Europa?



Se ha propuesto que puede existir vida en este hipotético océano bajo el hielo, tal vez sustentada en un entorno similar a aquél existente en las profundidades de los océanos de la Tierra cerca de las chimeneas volcánicas o en el Lago Vostok, en la Antártida. No hay pruebas que sustenten esta hipótesis; no obstante, se han hecho esfuerzos para evitar cualquier posibilidad de contaminación. La misión Galileo concluyó en septiembre de 2003 con la colisión de la astronave en Júpiter. Si se hubiese abandonado sin más la nave, no esterilizada, podría haber colisionado en el futuro con Europa, contaminándola con microorganismos terrestres. La introducción de estos microorganismos hubiese hecho casi imposible determinar si Europa había tenido alguna vez su propia evolución biológica, independientemente de la de la Tierra.5

En un reciente estudio se ha estimado que Europa tiene suficiente cantidad de agua líquida y que ésta tiene una elevada concentración de oxígeno, incluso mayor que en nuestros mares. Concentraciones semejantes serían suficientes para mantener no solo microorganismos, sino formas de vida más complejas.6

Según Schulze-Makuch, podría haber microorganismos que serían muy similares a los de la tierra, agrupados en unas fumarolas que según la hipótesis, podrían existir al fondo de los mares. Sin embargo, al ser escasas estas fumarolas, no podrían ser muchas ni muy grandes las colonias de estos microorganismos, por lo que en caso de existir formas de vida compleja, no podrían ser mayores de un gramo de masa.7